Más Gritos.
Hay imágenes que permiten que entremos
en ellas con facilidad, aunque sean complejas y posean varios
niveles de lectura. Otras, en cambio, te exigen la reflexión
sosegada. La obra de Elena Poblete posee, paradójicamente,
ambas características. Esto es posible porque dentro
de su complejidad posee unos elementos estructurales bastantes
estables. Los elementos referentes utilizados son pocos
y simples, casi siempre huyendo de la ambigüedad. Hay
que señalar dos que son fundamentales, las palabras
y los rostros. La presencia de estos elementos a lo largo
de su obra le ha permitido definir un estilo muy personal.
Las palabras se convierten a veces en sólo una, repetida
una y otra vez y para colmo, apropiada de otros lugares.
Es una apropiación no de la obra de alguien sino
del contenido del termino repetido, en donde el nuevo uso
posee la grandeza de haber sido utilizado previamente en
algún medio de comunicación escrito. Esta
manera de trabajar le imprime un carácter de humildad
a la obra por la procedencia del elemento utilizado. La
repetición incesante tiene la finalidad, en principio,
de subrayar, de insistir en lo importante. Es, indudablemente,
una figura retórica que se llena curiosamente de
significación cuando alcanza al tratamiento de los
rostros que, con la repetición, disminuyen de tamaño.
Ya no alcanzo a ver los detalles en esos rostros pero sí
el gesto y ese gesto repetido una y otra vez me deja sobrecogido.
Me devuelve de nuevo a la obra, trazada con precisión,
sin ninguna ambigüedad, en una dirección bien
precisa; me gusta que me hagan pensar y ésta es una
función irrenunciable del arte. Pero si toda obra
es fruto de la necesidad expresiva también es lícito
que me pregunte por el origen de ese grito que no cesa.
Joaquín Perea
González
Facultad de Bellas Artes Universidad Complutense de Madrid